¿Quién fue Dido?

La importancia de Dido, la legendaria reina de la ciudad de Cartago, se debe a su trágico amor con Eneas, quien después de huir de Troya pasó un tiempo con ella en el norte de África.

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“Eneas contándole a Dido las desgracias de Troya”, de Pierre-Narcisse Guérin, 1815, París, Louvre.

Cuando la ciudad de Cartago se hallaba en construcción llegó a ella Eneas en su regreso de la guerra de Troya. Su barco se había alejado de su ruta debido a una tormenta sobre la costa de Italia. El apasionado ro­mance que surgió entre ellos durante una cacería interrumpida por una tormenta que les obligó a refugiarse en una cueva, le hizo concebir esperanzas de que él se convirtiese en su marido. Eneas sentía lo mismo hacia ella, pero los dioses le recordaron que su destino estaba en Italia para fundar un nuevo reino. Eneas, temeroso de los dioses, obedeció y dejó a Dido que, ofendida y deshonrada, se encaramó a su pira funeraria y se apuñaló con la espada que le había regalado Eneas.


La muerte de Dido, obra de Cayot, Louvre.

El lamento de Dido

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La muerte de Dido, obra de A. Sacchi.

“Ya la siguiente aurora iluminaba la tierra con la antorcha febea y había ahuyentado del polo las húmedas sombras, cuando delirante Dido habló en estos términos a su hermana, que no tiene con ella más que un alma y una voluntad:

“Ana, hermana mía, ¿qué desvelos son estos, que me suspenden y aterran?  ¿Quién es ese nuevo huésped que ha entrado en nuestra morada?  ¡Qué gallarda presencia la suya! ¡Cuán valiente, cuán generoso y esforzado!  Creo en verdad, y no es vana ilusión, que es del linaje de los dioses. El temor vende a los flacos pechos; pero él, ¡por cuáles duros destinos no ha sido probado! ¡Qué terribles guerras nos ha referido¡Si no llevase en mi ánimo la firme e inmutable resolución de no unirme a hombre alguno con el lazo conyugal desde que la muerte dejó cruelmente burlado mi primer amor; si no me inspirasen un invencible hastío el tálamo y las teas nupciales, acaso sucumbiría a esta sola flaqueza.

Te lo confieso, hermana: desde la muerte de mi desventurado esposo Siqueo, desde que un cruel fratricidio regó de sangre nuestros penates, ese solo ha agitado mis sentidos y hecho titubear mi conturbado espíritu:  reconozco los vestigios del antiguo fuego; pero quiero que se abran para mí los abismos de la tierra, o que el Padre omnipotente me lance con su rayo a la mansión de las sombras, de las pálidas sombras del Erebo y a la profunda noche, ¡oh pudor! antes de que yo te viole o de que infrinja tus leyes.

Aquel que me unió a sí el primero, aquél se llevó mis amores: téngalos siempre él y guárdelos en el sepulcro.” Dijo, y un raudal de llanto inundó su pecho.”

Virgilio, Eneida, IV.